Una pausa para mirar despacio y cuestionar nuestro paso por el mundo

Cuando el destino se siente apresurado y el silencio se vuelve ruido, es momento de aquietar el cuerpo, de poner en calma el alma y volvernos al centro de todo, al amor. La conexión que nos envuelve en nobleza y en entendimiento, la que nos pone a prueba no para retarnos, pero sí para encontrarnos.

Aún y cuando la vida se siente a prisa, agradezco cada mañana poder alimentar el corazón, cultivar nuevos hábitos que me permitan agradecer lo poco o lo mucho que la vida me da. Los días pasan como los aires de marzo, con fuerza, y en ocasiones tocando las fibras más sensibles de nuestro ser, es ahí cuando podemos ponerle pausa al momento. Basta con poner una pausa para mirar despacio y cuestionar nuestro paso por el mundo. Pero aprendí a reconocer que el mundo no solo soy yo y lo que me sucede, son historias, son proyectos, son personas.

Una vez la vida me puso a prueba de la forma que menos esperaba, fue ahí cuando apareció una pausa larga a mi vida, cuando me vi en la necesidad inmediata de extender la mano y pedir sin que me conocieran, cuando empecé a mirar lo humano como parte de nosotros, cuando me quebré y me doblé ante la vida. Cercanos y lejanos estuvieron de una forma inesperada, en presencia y con ofrendas, sin conocerme de cerca estuvieron a un lado.

No estaba preparado para conocer ese lado de la vida, supongo que nadie lo espera, pero una vez que lo conoces, la vida te cambia para siempre.

Una vez más me levanto, agradezco, y regreso en ofrenda lo que por mi hicieron, porque con lo poco o lo mucho, siempre es posible mirar lo humano

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